“Con la paciencia y la tranquilidad, se logra todo… y algo más"

Benjamin Franklin

La calma es una herramienta muy poderosa y útil a la hora de enfrentar las distintas situaciones que se nos presentan en la vida. Nos permite tener una mejor perspectiva, tanto para analizar un acontecimiento concreto, como para tomar la decisión más adecuada ante la resolución de un conflicto o problema.

Estando en calma, tenemos mayor control sobre nuestro cuerpo y nuestra mente, y por tanto mejora nuestra capacidad cognitiva, física y emocional.

En nuestra relación con los niños, donde tantas situaciones inesperadas e incluso conflictivas en algunas ocasiones, nos hacen “perder los nervios", la calma en el adulto facilita la resolución de esa situación, favoreciendo al niño, a nosotros mismos, y a la relación entre el niño y nosotros, los adultos.


Los niños pequeños manifiestan sus estados emocionales de manera intensa: si están felices, expresan esa alegría con carcajadas, saltos, gritos de felicidad, carreras, y normalmente con mucha actividad física… y si se sienten enfadados, lo manifiestan con lloros, rabietas, gritos, golpes y “pataletas”…

Por otro lado, hay que tener en cuenta, que los niños son como “esponjas" que absorben lo que ven,  lo que oyen y lo que les transmitimos, y los adultos somos para ellos “un espejo" en el que mirarse e imitar muchas de nuestras conductas y reacciones, y así van aprendiendo a desenvolverse en el mundo, y van forjando su personalidad.

Por lo tanto, si ante una expresión de enfado en un niño (eso que comúnmente llamamos pataleta), expresado con gritos y golpes, el adulto responde gritando más alto “¡Te he dicho que dejes de gritar!”, ese niño continuará manteniendo o incluso aumentando esa expresión de enfado, ya que se “contagiará" de esa reacción emocional del adulto que tiene enfrente, y se mirará en ese “espejo", asociando a una situación de nerviosismo, el responder o reaccionar con más nerviosismo. En cambio, si el adulto se mantiene en calma, ese niño asociará esa situación y expresión de enfado, con la necesidad de tener que tranquilizarse, para poder expresarse de una manera adecuada, y poder así buscar una solución, junto con ese adulto que permanece en calma.

A continuación os presentamos unas frases que podéis emplear con los más pequeños en los momentos de enfado y que esperamos que os ayuden a entrenar la calma en las situaciones conflictivas que aparecen en el día a día. 

  • “Está bien que expreses tu enfado, pero no puedes hacer daño a los demás. Cuando estés más calmado, podemos ver cómo lo solucionamos”.
  • “Si gritas, no puedo entender lo que necesitas decirme, así que vamos a esperar a que estés más tranquila, para poder hablar del problema”.
  • “Puedes expresar tu enfado, pero tienes que encontrar otra forma de hacerlo, porque tirar y golpear tus cosas solo puede hacer que se rompan o te hagas daño, y eso te hará estar más enfadado".
  • “Entiendo que estés enfadada, yo a veces también me siento así, pero para solucionar esto, primero tenemos que estar tranquilas".

Destacar, que las palabras deben acompañarse de un lenguaje corporal coherente, por lo que más importante que lo que podemos decirles a los niños, como adultos que somos, es el “cómo lo decimos" y “desde dónde lo decimos", siendo imprescindible sentir y ser conscientes en nosotros mismos, de nuestra propia calma, y desde ahí transmitirles a nuestros pequeños, aquello que queremos, con las palabras adecuadas, y en consonancia con dicha calma.

Y por supuesto, mantenernos en calma, nos favorece, disminuyendo el estrés, el cansancio o la ansiedad, al aprender a gestionar de un modo más beneficioso, las numerosas e impredecibles situaciones, que se nos presentan cada día, en diferentes contextos.


Laura Blanco. Equipo de Evolutea

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